Locura helena

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Después de todo lo escrito, escuchado y visto en todos los medios de comunicación sobre las elecciones en Grecia, existe un pensamiento colectivo, que yo mismo escuché en boca de un conocido: “los griegos están locos”. Una expresión que resume la fría interpretación que realizamos a 2.400 kilómetros de distancia de una situación de represión que ahoga a los ciudadanos y que no es propia del segundo corpus mundial, como es la Unión Europea, sino que se aproxima a la identidad de los regímenes totalitarios. 

Esta situación de hartazgo de la población helena se ha representado fidedignamente en las últimas elecciones donde los dos partidos mayoritarios – PSOK (socialista) y Nueva Democracia (conservador)- han caído estrepitosamente por ser los máximos exponentes del empobrecimiento que sufre el país. Por el contrario, han florecido fuerzas políticas que se sitúan a la izquierda y a la derecha de los mayoritarios. El caso más sonado ha sido el ascenso (con una representación parlamentaria de 21 escaños) de un partido filonazi, protonazi, neonazi o, simplemente, nazi que ha reunido las simpatías de cerca de medio millón de griegos. 

Ya hemos conocido algunos de los recaditos enviados por los nazis de 'Amanecer Dorado' y sus intimidatorias prácticas con periodistas. En todo aquel amante de la libertad y la democracia provoca una repulsa y una indignación incalificables que preceden a la pregunta “¿cómo han podido llegar unos nazis hasta ahí?”. Y tras pensar y pensar, difícilmente conseguiremos una respuesta satisfactoria más allá de la que escuché a ese conocido mío: “los griegos están locos”. 

Cierto. Los diez millones de griegos que podían acudir a las urnas estaban extraordinariamente locos por buscar una solución a su asfixia. Locos por entender cómo pueden haber perdido un 30% de su salario mientras se encarecen servicios básicos como la sanidad, la educación o el transporte. Locos por explicarse cómo se destruye una cantidad de empleo que deja a más de un millón de personas sin trabajo en un país donde la población activa no supera los cuatro millones. Y locos, en definitiva, por cambiar la política que le está empobreciendo día a día. 

Así es. Los griegos están locos porque la mitad de los que votaron –la abstención superó el 30%- lo hicieron a partidos políticos más radicales. La cuna de la democracia está dividida en una mitad que tiene miedo a que la situación sea peor, de ahí su respaldo a los dos grandes partidos. Y otra mitad que considera que el país ha tocado fondo y solicita una respuesta urgente de las diferentes opciones políticas –incluso nazis-que prometen frenar la muerte asistida que está viviendo Grecia de manos europeas. 

Son unos dementes estos griegos que han votado a los que han hundido el país en la crisis. Y más aún son los que han elegido a fuerzas políticas distintas al binomio conservador-progresista que aceptó los mandamientos de la troika sin paliar el coste social que provocaban esas medidas. Castigar a los inútiles y buscar alternativas es una locura que no tiene cabida en esta Europa de primas, rescates y deudas donde todo debe seguir un orden lógico. Bien sabido es que todo lo que escapa del guión de la productora Merkozy es un ataque a la cordura. 

¡Pobres helenos que no saben lo que hacen! Ellos y sólo ellos son los culpables de haber votado a lo loco, causa de que ahora no se pueda formar un gobierno de salvación nacional como el anterior. Ese liderado por tecnócratas con el respaldo de PASOK y Nueva Democracia, cuya gran gestión común ha provocado una convocatoria anticipada de elecciones ante la quiebra del país. 

Los griegos han hablado y han dicho que Grecia debe refundarse para sobrevivir y lo tendrá que hacer fuera del euro. La locura de los helenos obliga a formar un gobierno legítimo que congele las imposiciones europeas y encamine al país hacia la única opción posible: salir de la moneda única e iniciar una reconstrucción casi desde cero. No se puede apretar más la soga. Esa es la respuesta que han votado los griegos. Cobra forma de comunismo, izquierda radical, conservadores acérrimos o neonazis pero se trata de la misma cuestión. Una locura de elecciones que esconde una increíble cordura y sensatez ciudadana: crear una nueva Grecia gobernada por griegos.
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El hombre que retó a un país

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Extracto de la nota escrita por Dimitris Christoulas
Hoy, día de Pasión por excelencia, cuando a miles de personas se les encoge el alma oliendo a incienso y viendo procesiones bajo el reflejo de una luna llena, brindo mi particular homenaje al último hombre anónimo que ha hecho frente de la forma que podía a la injusticia y los abusos de las autoridades sobre las personas. Si Jesús murió por salvar a toda la humanidad, estará lamentando que los hijos a los que salvó, ahora sean capaces de obrar tanta injusticia. 

Miércoles 4 de abril de 2012. La Plaza Syntagma de Atenas, uno de los lugares emblemáticos de la capital griega, rebosa actividad, como un día cualquiera. A lo lejos, suenan las campanas que anuncian las 9 de la mañana. Hay un ritmo frenético de afortunados que intentan llegar a sus lugares de trabajo, muchos otros, caminan en torno a la plaza pasando abriendo un nuevo capítulo de sus vidas. De entre todos ellos, sobresale un hombre de avanzada edad, pelo blanco y rictus taciturno, que se dirige convencido hacia el Parlamento de Grecia. 

De repente se detiene. Gira a su alrededor y fija su vista en el Parlamento. Junto a él, caminan personas que se muestran algo confusas por el comportamiento del hombre. El anciano abre una mochila y revisa su interior. Saca una pistola y comienza a proferir gritos de desesperación contra su situación, el Gobierno y el sistema. La Plaza Syntagma acoge de repente gritos de la multitud que se ahogan cuando suena un disparo. El eco continúa unos segundos y corta la respiración de todos los que presenciaban la escena. Atenas enmudeció. 

El hombre que se suicidó se llamaba Dimitris Christoulas, era un anciano jubilado de 77 años que tenía mujer y una hija. Pero poseía una losa que lo arrastraba desde hacía años y que cobraba la forma de deudas financieras. Hasta aquí, podría ser uno más de los millones de personas en todo el mundo que aguantan, a duras penas, las envestidas de la crisis económica y las presiones a las que los gobiernos están sometiendo a la población. 

Pero Christoulas pertenecía a esa clase de personas que, como él, no querían perder su dignidad ante los mercados y, tal y como declaró momentos antes de su muerte, “prefería morir a rebuscar comida en la basura”. Es el último de una larga lista de personas que han visto en la muerte, la vía de escape a una crisis que escapa toda lógica razonable. Los medios de comunicación no se han hecho eco de esta realidad, salvo en casos extraordinariamente mediáticos como el de Christoulas, para evitar el efecto contagio a través del suicidio. Aunque la realidad es insólita: el propio Gobierno griego ha informado que desde 2008 el número de suicidios ha aumentado un 40% cuando, hasta esa fecha, Grecia era uno de los países con la tasa más baja en suicidios. 

Christoulas, en su nota de adiós, arremete contra el sistema que ha provocado de millones de personas en todo el mundo se encuentren en esta situación. El contenido de su nota se ha hecho público aunque existen voces que afirman que el contenido se ha dulcificado. Pese a ello, sus palabras son demoledoras: “El Gobierno de ocupación de Tsolakoglou [gobierno colaboracionista nazi durante la segunda guerra mundial] ha reducido a la nada, literalmente, mi capacidad de supervivencia que dependía de una respetable pensión que, durante más de 35 años, yo solo (sin contribución del estado) he pagado. Dado que tengo una edad con la que ya no tengo el poder de resistir activamente (aunque, por supuesto, no descarto que, si cualquier griego hubiese empuñado un kalashnikov, yo habría sido el segundo en hacerlo) no encuentro otra solución para un final digno antes de que esté reducido a buscar en la basura para alimentarme. Creo que los jóvenes sin futuro tomarán las armas algún día y colgarán a los traidores nacionales en la Plaza de la Constitución [Plaza Syntagma], igual que los italianos colgaron a Mussolini (en la Piazza Poreto de Milán)”. 

Un órdago a la rebelión y al inconformismo que hace, sobre todo, para las nuevas generaciones pero que es extensible a toda persona con un razonamiento crítico alejado de posiciones partidistas que observa cómo la crisis transgrede lo económico y está arrebatando algunos de los principios humanos básicos. El aspecto humano de la crisis no se refleja sólo en las cifras de desempleo ni en la cantidad de personas que acuden a las organizaciones de beneficencia. Detrás de los datos negativos y los cruces de declaraciones, hay personas en las que la indignación y la desesperación se han convertido en su modo de vida pero no suelen aparecer en la esfera pública.

Gente que ha perdido la ilusión y que ha constatado que sus vidas están a merced de dirigentes políticos y económicos cuyas actuaciones están regidas por el componente económico que provoca un olvido sistemático del aspecto humano. Personas que nunca han conocido una vulneración tan profunda de los derechos individuales que proclaman todas las constituciones avanzadas. Jóvenes, mayores y niños que observan cómo no se aporta solución a su situación porque todos los comportamientos están orientados a cumplir objetivos de déficit, sin constatar qué supone para el día a día de millones de personas. 

Christoulas es el último de una larga lista de mártires de la crisis. Nadie puede reprobar sus actitudes por querer recuperar una parte del ser humano como es la dignidad. Y todos buscan una misma consecuencia: la movilización social en contra de un sistema que ha demostrado su incapacidad para hacer felices a las personas. No hay que olvidar que toda la filosofía política moderna ha basado sus principios en un axioma básico: los gobiernos deben buscar y garantizar la felicidad del pueblo. En el caso de que no lo consigan, se puede hablar de un gobierno fallido. Ha quedado demostrado que el sistema es fallido. ¿Cuántas muertes hacen falta para cambiarlo?
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¿Hasta cuándo esta lenta agonía?

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La situación que está viviendo Grecia ni es fácil, ni es cómoda y, hasta cierto punto, llega a ser incluso inexplicable. Mientras se vota en el Parlamento Griego unas nuevas medidas de recortes, en las calles se vive una auténtica oleada de protesta que se está saldando con incidentes entre los manifestantes y la policía. La pregunta es, ¿cuándo se pondrá fin a una situación que se está manteniendo forzosamente desde la Unión Europea y en contra de los intereses de la población?

 
Bancarrota, quiebra y catástrofe. En ese orden, es el castigo divino que amenaza a Grecia si el Gobierno no ejecuta sus compromisos fiscales y de reducción del déficit público. A estas horas, los diputados griegos se encuentran en el hemiciclo decidiendo el veredicto, que se dará a conocer dentro de unos minutos. Pero que, previsiblemente, ya conocemos
Paralelamente,en la Plaza Syntagma de Atenas, a las puertas del Parlamento griego, unas 50.000 personas (30.000 para la Policía) se manifiestan durante todo el día en señal de protestas por las duras condiciones que recoge el nuevo plan de rescate a Grecia. Serán 130.000 millones de euros (con posibilidad de aumentarlo hasta cerca de 150.000) los que Europa, con Francia y Alemania a la cabeza, inyectará en la economía helena. Con eso, se evitaría una suspensión de pagos en el país que se hace efectiva el 20 marzo, la prioridad más urgente de evitar para los dirigentes griegos.
El conflicto está en las condiciones del rescate y en una situación que se hace insostenible. Al primer rescate que se aprobó en mayo de 2010 incluía un importe de 110.000 euros hasta 2013, a cambio el gobierno heleno tuvo que hacer frente a una reducción de las pensiones, una prolongación de la edad de jubilación hasta los 65 años (antes estaba en los 60 años) y a las creación de diversos impuestos con los que incrementar rápidamente las arcas.
Tan solo dos años después, Grecia ha solicitado un segundo rescate, este mucho más duro, ya que las medidas impuestas desde Europa se suman a la larga listas de ajustes realizados, primero, por el Gobierno de Yorgos Papandréu y luego por Lukás Papadimos, el actual primer ministro. Ahora el Parlamento decide sobre tres cuestiones: la quita de casi el 50% de la deuda griega (100.000 millones de euros) –a cambio de un mayor control por parte de la Unión Europea de la política fiscal griega-, la recapitalización de los bancos griegos y un nuevo plan de ajustes que incluye, entre otras medidas, el despido de 15.000 funcionarios públicos, una rebaja del 22% en el salario mínimo (que estaría rondando los 580 euros), recortes en las pensiones y reducciones de las partidas presupuestarias en materias como Educación y Sanidad.
Bajo esta amalgama de datos, se esconde una realidad: miles de griegos no quieren ser rescatados por bancos alemanes ni quieren seguir sufriendo las consecuencias de una crisis financiera –en torno al 80% de la población rechaza el nuevo plan de ajustes, según la televisión privada Skai y el diario Kathimerini-. La sombra de la salida del Euro ronda al país heleno lo que provocaría un “caos social” que conduciría al “desastre”, según el primer ministro Papadimos.
Lo cierto es que no hay seguridad de que este segundo plan funcione. Es otro intento –uno de los últimos- de la Unión Europea para evitar que las agencias de calificación engullan la deuda griega y los indicadores financieros se tiñan de rojo púrpura. La pregunta que salta ante esta perspectiva es muy clara: ¿por qué se somete y se restringen los derechos de la población griega para mantener una situación financiera extremadamente delicada que no posee las garantías necesarias para pervivir en la Zona Euro? Desde 2009, se han recrudecido las condiciones socioeconómicas de los griegos hasta alcanzar una tasa de paro cercana al 21% y aún así, los dirigentes solicitan comprensión para seguir prolongando la agonía.
En esta situación entra en juego el principio de la proporcionalidad y la equidad, principios claves que rigen el Estado de Bienestar. ¿Es proporcional tensar la cuerda tanto del lado de los ciudadanos –recordemos que el plan de rescate conlleva una recapitalización de los bancos que luego, difícilmente se traducirá en la concesión de créditos para las familias- sin garantías solventes de mejora? ¿Se está gravando equitativamente a todos los sectores públicos?
Todo esto lleva a plantear si la única alternativa es romper el Status Quo imperante a través de un plante a la Unión Europea –una situación insólita que ningún gobierno parece contemplar hasta el momento- o una hipotética salida del Euro. Siguiendo los criterios de los expertos financieros, esto supondría un contagio a países como Italia, Portugal y España, que serían atacados por especuladores y agencias y afectaría gravemente la economía europea hasta niveles insospechados.  A tenor de las previsiones de la tan famosa troika (los comisarios del Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea) se ocasionaría el desastre.
Un discurso manido que inyecta aún más miedo a una población aletargada que no sabe qué hacer para frenar una pérdida de la soberanía y una vulneración de la tan aclamada democracia en la que nos encontramos. La espera pasiva ha traído infinidad de recortes a los griegos, las movilizaciones, se están castigando con fuertes dosis de violencia y las voces discordantes no parecen tener cabida en este sistema. ¿Hasta cuándo se prolongará esta agonía?
La experiencia griega puede ofrecer una solución. Grecia es un espejo donde España se siente cada vez más reflejado. El nuevo plan de ajustes que saldrá elegido esta noche pondrá al límite la paciencia de una población agotada y asfixiada por unos recortes impuestos desde las élites. Un estallido social podría acabar con los planes de la Unión Europea y, en ese caso, ¿sería el fin de Grecia? ¿No existe alternativa a los recortes, la violación de derechos y la devaluación de la democracia que están rigiendo los designios de millones de personas? Prepare el chuvasquero porque la tomenta ha comenzado y es muy posible que le salpique.
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